Si algo me llevo de Casa Balaguer es la sensación de que todo tiene un pulso propio. Mi trabajo fue simplemente sincronizarme con él durante unos minutos.
Hay lugares que no se limitan a ser un escenario. Son organismos vivos. Casa Balaguer, en Villena, es uno de ellos.
Llegué a la finca con la idea de recrear un retrato de Pepeta Amorós. Aprovechando la circunstancia que nos daba el tiempo, quise retratar a Marta y Andrés, responsables de Casa Balaguer, pero me encontré fotografiando algo mucho más amplio: una filosofía de vida. Aquí, la viticultura no es solo producción, es escucha; no es control, es diálogo con la tierra.

Marta Ribera y Andrés Carull comparten una visión profundamente respetuosa con el paisaje. Su finca funciona como un pequeño ecosistema: viñedos, animales, suelos vivos y una casa histórica restaurada que actúa como corazón del proyecto. Todo está conectado, y todo tiene un ritmo propio.
La agricultura que practican es ecológica y biodinámica, con mínima intervención. La idea es simple y, al mismo tiempo, radical: dejar que el territorio se exprese sin maquillaje. Sus vinos no buscan ser perfectos; buscan ser honestos. Y esa honestidad se percibe también en las personas que los elaboran.
Casa Balaguer forma parte de la Ruta del Vino de Alicante, una red que conecta bodegas, territorio y cultura en torno al enoturismo. Más allá del sello institucional, esta pertenencia sitúa a la finca dentro de un paisaje vitivinícola que se abre al visitante sin perder su identidad.
Fotografiarlos fue un ejercicio de observación más que de dirección. La luz entraba en la bodega como si conociera el lugar desde siempre. Los gestos eran naturales, casi silenciosos. No había pose, había presencia. En ese contexto, la cámara se convierte en testigo, no en protagonista.

Villena es un territorio de frontera: entre lo mediterráneo y lo continental, entre la tradición y una nueva generación de viticultores que cuestiona las reglas establecidas. Casa Balaguer representa esa transición. Recupera variedades locales, cuida los suelos antiguos y construye futuro sin romper con el pasado.
Para mí, esta sesión fue una forma de entender que la fotografía también puede ser agricultura: sembrar miradas, cuidar procesos y esperar a que el tiempo haga su parte.